Por segundo año consecutivo, me pide mi amigo José Díaz Fuentes unas palabras para el catálogo de la nueva edición del Salón de Otoño que tendrá lugar, como viene ocurriendo durante los cinco últimos años, en Sarria, otras localidades lucenses próximas, incluyendo el espléndido monasterio de Samos, y por primera vez, también en Santiago de Compostela. Desde París, acuden de nuevo a esta tierra de peregrinaje y acogida artistas de distintos países y disciplinas. El año pasado se sumaron los alumnos del taller de artes plásticas del Centro Penitenciario de Monterroso, ideado y dirigido por José. Aportaron un grupo de figuras humanas en cascarón abierto, sugerente y vigoroso, que recibían al visitante del convento de La Merced a modo de alegóricos centinelas.
Además de maestro hay en José un excelente organizador de actos culturales y, ante todo, un artista pleno. Contemplando su obra variada, personal y compleja se diría, recordando a Aristóteles, que la escultura realiza en ella su naturaleza. Es, a la par, un artesano que prepara a conciencia su materia, sin que se le escape ningún secreto. Conoce sus herramientas como un zapatero remendón o un buen cirujano. Cualquier material que provenga de la Madre Tierra puede alumbrar en sus manos un objeto bello, o, tal vez inquietante, con una belleza que no es de apariencia sino de incitación, porque no es un idealista. Modelo y pieza artística surten de consuno de sus manos imaginativas con un ritmo pujante, ondulado y corpóreo.
Parece que José lleva a cabo una ardua labor etimológica en pos de los brotes esenciales, ambiguos, potencialmente polimórficos, y luego combina, moldea y pule. Toda poíesis comporta una cierta metamorfosis ; también el arte de esculpir. Los relatos míticos, como los auténticos demiurgos, revelan la continuidad de los reinos. Pan persigue a la ninfa Siringe y, en su afán de huir, ella se transforma en caña ; pero, al soplar el viento, oye el dios un gemido e idea un instrumento musical, uniendo con cera varias cañas de distinta longitud.
De esta forma, ninguna de las piezas de José oculta su minuciosa gestación ni renuncia a una decidida voluntad de estilo. No son enseres, ni cachivaches ni meros bloques de granito, mármol o cemento. Tampoco trozos de madera, huesos, o moles de tal o cual material. Es difícil que alguna de sus esculturas pueda ser arrumbada y perdida por error, tal como le ocurrió, no hace mucho, en el Museo Reina Sofía de Madrid a un artista norteamericano, cuyas moles de acero macizo desaparecieron misteriosamente de un almacén. Según dice el damnificado, es probable que, sin saber que se trataba de una obra de arte, hayan empleado los gigantescos tochos para construir un edificio o una autopista. A cada cual lo suyo en este chusco episodio. Quienes en su momento la expusieron como una obra de arte, estaban obligados a custodiarla como tal. Mas lo que hace alguien que se las da de escultor debe ser ipso facto reconocido como una escultura, sin que haya que ponerle un letrero que lo aclare. Y así sucede incluso con atrevidas piezas de vanguardia. Esos colosales rectángulos, esfumados por arte de birlibirloque, necesitaban, en cambio, la perorata de ciertos críticos para abrirles paso en el mundo de las Bellas Artes, donde los susodichos ofician a modo de inquisidores de nuestros tiempos.
Los trabajos que encontrarán ustedes en la edición estival y gallega del parisino Salón de Otoño no son de esta índole. José Díaz Fuentes sabe que el arte es esforzado, exigente y hasta, si me apuran, duro, y que en este ámbito no está permitido dar gato por liebre. Más propenso a predicar con el ejemplo que a pontificar, su oficio es vocación, y de él ha hecho su razón vital.
Concha D’Olhaberriague
Madrid, mayo de 2009